El Reflejo de la Vela

Cuento

Apareció como una visión en la puerta de mi habitación. Era él, sí, con su cara plagada de arrugas, con su piel acaramelada del sol que despuntaba al alba mientras araba el pequeño terreno que todavía tenía cerca al río que conecta con El Edén. Era él, no había duda, porque seguíamos hablando de aquel terreno que en épocas de colegio decía Eulalio que sería mío, o al menos sería para mí, para los dos. Esa promesa vana que cincuenta años después volvería a convertirse en el único asidero que tendría para escapar. 

Nos vamos a casar. A eso vino y, un tanto perpleja y aliviada le dije que sí. Acababa de enviudar. Necesitaba una compañera y yo, yo quería vivir. No había vuelta atrás. Nada que pensar, o dialogar. Así se lo dije a mi hermano y mis sobrinas cuando vinieron a verme. No me lo esperaba, pero un tufillo de burla se permeó en las comisuras de sus labios. Alina, la mayor, dijo que si me casaba primero que ella moriría, y ahí se desgarraron en carcajadas hasta que les dolió el ombligo. Luego cambiaron de tema, Carla y Alina partirían a Estados Unidos a estudiar inglés.

– Cuando se van? Pregunté, fingiendo interés.

– El ocho de septiembre, respondió Carla, la pequeña. Justo una semana después de que papá sea nombrado juez del Tribunal.

-Ah, sí, comenté. Te felicito, le dije a José María. No pude disimular mi nostalgia por los años pasados. Por mis sacrificios para que mi hermano menor pudiera pasar su juventud en casa de mis padres y pudiera terminar sus estudios en el liceo del barrio, lo que le permitiría presentar los exámenes para ingresar a la carrera de derecho que tanto anhelaba estudiar. José María era el inteligente de la familia, o eso decía mi papá. Yo, en cambio, era mujer, y las labores domésticas que me correspondían podría hacerlas en casa o para esa gracia, en el Convento de las Hermanas de la Santa Caridad, donde estaría bien lejos de Eulalio y mis virtudes serían restauradas después de los murmullos de barrio que generó aquella propuesta de matrimonio.

-Deja esa cara Ofelia. Dijo José María. De que te quejas? Nunca has tenido que enfrentar al mundo allá afuera, no sabes cómo es. De qué vas a vivir? Aquí tienes comida, una cama y personas que te estiman. Que tendrás allá afuera? No sabes ni tomar el bus, mucho menos manejar una cuenta de banco, y mucho menos ganar dinero! Anímate mujer, la hermana Susana me comentó que andas cabizbaja desde que vino a verte Eulalio. Quien lo creyera, después de tantos años, viejo embustero!. Yo insistí. Eulalio me recogería en los próximos días con su hijo. Me mostraría su casa. Comeríamos melado con fruta en el Parque del Renacimiento. Hablaríamos del futuro. Nos casaríamos. Pero José María tenía razón, aquel viejo embustero jamás regresó.

Cada noche antes de acostarme me siento en la cabecera de mi cama a mirar el reflejo de la vela en la pared. Aquí solo respiran las sombras muertas después de las siete de la tarde, justo después de comer y rezar el rosario. En el día también reina el silencio, de aquellos que hacen meya en el alma. No sucumbí en ésta clausura de más de cincuenta años por mi amor a Dios y la esperanza de que una vez graduado José María me sacaría de aquí para irme a vivir con él. Pero sus obligaciones se interpusieron. Se casó, tuvo a sus hijas, tuvo mucho trabajo y nunca pudo encargarse de mí, ni de mi cuidado. No bastaba con que yo vendiera las empanadas de carne que hacían suspirar a toda la ciudad, que compraba la gente a través de aquella ventanita ciega en la puerta del convento los sábados en las mañanas, pues yo no sabía de reglas de mercado, ni de negocios. Yo solo sabía de rezar y de servir. Al final, ya solo me resignaba a sus visitas, cada vez más espaciadas, por aquello de sus múltiples obligaciones, hasta que se fueron desvaneciendo el tiempo, en la tiniebla de la indiferencia, en el reflejo del desamor.

Mi papá, que Dios lo guarde y lo tenga en su gloria, siempre fue el artífice de mi vida. La escribió con lápiz en un pergamino que guardaba en su mesa de noche donde anotaba mis años de vida y los mil deberes a cumplir, para con mis padres y hermano, para con el barrio, para con Dios. Aún recuerdo el día en que entré con Eulalio a nuestra casa ubicada en la ladera del Barrio Colón. Fue el mismo día en que terminábamos las clases de quinto bachillerato en el colegio. La puerta se abría con una cuerda desde el segundo piso. Mi papá nos esperaba al final de las escaleras que olían a Roble viejo. Cuando le dije el nombre de mi prometido y a que venía me pegó una cachetada tan fuerte que por días me dejó sin  poder centrar la vista en un punto fijo. Eulalio se quedó con la mirada fija en mi padre, pasmado de miedo.

-Disculpe por haberlo molestado señor Girón. Fue lo único que atinó a decir, mientras retrocedía dos escaleras mirando hacia atrás.

-Qué viene usted a buscar, jóven pendenciero y atrevido? Le dijo mi padre a grito herido.

Cuando terminó su frase, Eulalio ya tenía una pierna en el andén y una mano en la chapa de la puerta, que cerraría tan fuerte y tan rápido como una ráfaga de viento después de una tormenta tropical. Mi mamá y José María miraban impávidos la escena infernal que se desenvolvía frente a ellos. Dos sombras en la pared. Posteriormente mi madre obedecería el comando de mi padre y correría a empacar mi maleta mientras yo permanecía en el suelo, al lado de las escaleras, llorando y en posición fetal con mi cabeza apoyada en mi brazo derecho, mirando al balcón de mi alma donde todos los días desayunaba agua de panela bien caliente con pan frente al sol que despertaba detrás de los tejados del barrio, oyendo los gallos que cantaban al amanecer. La suerte estaba echada, el destino del pergamino se cumpliría letra por letra.

No todo fue desasosiego. Cuando pasaron los años el frío de las paredes caló menos en mis huesos. Disfrutaba más las levantadas a las cuatro de la mañana para preparar el Acetre, el Aguamanil y la bandeja de comunión para la misa de las seis. El mismo almuerzo que comíamos todos los días empezó a saber mejor y los cinco rosarios diarios a La Virgen los sobreviví con más entereza y menos perturbación. No podría decir que fui más feliz. Feliz hubiera sido el experimentar una caminata de domingo al atardecer, o el haber recibido permiso de la madre superiora para cuidar a los niños enfermos del hospital San Félix, o el haber pasado un navidad lejos de las repeticiones sacramentales y más cerca de la nieve y las luces entrelazadas en los postes de luz. Feliz hubiera sido el haber sido madre, el haber leído un libro escogido por mí. Feliz hubiera sido el haber sido libre.

Estoy casi segura de que estoy en el final de mi vida. Lo sé porque por primera vez en más de cincuenta años subí a un carro que me trasladó, con mi silla de ruedas, a una casa de retiro de las monjas de mi congregación en las afueras de la ciudad. Le pedí al chofer que bajara la velocidad y abriera las cuatro ventanas del vehículo para poder sentir el viento en la cara, las voces de los vendedores ambulantes parados en los semáforos, ver a los niños cogidos de la mano de sus madres pasando las calles y a los novios dándose un beso mientras comían un helado. El dicho dice que Dios viaja a través del viento y sí, es verdad, ahí,  en ese vehículo, en ese momento y por primera vez, lo sentí!

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