París es una Fiesta -De Ernest Hemingway

Reseñas Literarias

Rating: 5 out of 5.

“Te he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este cuaderno y de este lápiz”

Ernest Hemingway habla en “París es una Fiesta” de cuando perdió sus manuscritos. Qué doloroso ha de ser esto para un escritor que se ha dedicado en cuerpo y alma a dar forma a sus ideas. Todos sabemos lo que es perder un texto importante, pero ser un joven Hemingway, todavía inseguro de su método, sin poder saber siquiera si ese método se había ido moldeando y si sus escritos alguna vez recibirían el elogio, pues justo antes de presentarlos a su editor, su esposa perdió la maleta en una estación de París en 1922.

Esta obra póstuma es un libro de mil anécdotas, buenas y malas, amorosas y nostálgicas, de los años de Ernest Hemingway en Francia. Es un libro es corto, sencillo de leer, pero sobretodo plagado de aromas y sabores agridulces y de charlas con amigos y conocidos. En este libro pululan tiempos y lugares mágicos y se describe el propio amor de Ernest Hemingway  por su gente y por París. Tiene también su lado de lucha, por ser aceptado, por él mismo y por los demás. Se supone que un escritor no escribe para tener fama ni dinero, pero la otra cara de la moneda es que sin dinero no se come. Y así pasaba la vida Hemingway, con días sin comer, o comiendo poco, o comiendo como un rey cuando llegaba un adelanto por su trabajo. Pero sobre todo y como él lo describe, pobre pero feliz.

Hemingway vivió al lado de Hailey, su primera esposa e hijo y la “generación perdida” de artistas que lo acompañaron en esta etapa de su vida. Era la década de los veinte y París se llenaba de artistas buscando reconocimiento, de ellos mismos, de otros. Hemingway amaba la Ciudad de la Luz y sus cafés, se paseaba constantemente por el boulevard de Saint Germain y la place de Saint-Michel y siempre se paraba en estos lugares pequeños y llenos de humo, a escribir, tomar una copa y ver a la gente pasar. El ron de Martinica lo arropaba en los días fríos en los que se sentaba a escribir. Cuando tenía un poco de dinero, pedía ostras y vino, o un foie de veau con puré de patatas y tarta de manzana. Un plato completo como estos no pasaba muy a menudo, pero alimentaban su corazón y su cabeza para seguir escribiendo un cuento más.

Para libros no había dinero, pero Hemingway nunca se quedó sin leer su clásicos preferidos. Los tomaba prestados de una librería en la Rue de l’Odéon, donde Sylvia, la dueña, se los prestaba. Según Hemingway “Nadie me ha ofrecido nunca más bondad que ella”. Gracias a Sylvia se deleitó con “Hijos y Amantes” de D.H. Lawrence, “La Guerra y la Paz” de Tolstoi y “El Jugador” de Dostoievski, Turguéniev y Constance Garnett.

“Nunca viajes con alguien que no amas”. Le dijo Ernest Hemingway a su esposa Hailey cuando llegó de un viaje frustrado a Lyon que había hecho con Scott Fitzgerald. La forma como describe la historia de amor con su esposa, sencillo, coloquial, un diario vivir de complicidad, la compañía perfecta que no hostiga, pero que llena con la dosis suficiente de amor y convivencia. Pero lo mejor es la descripción de su esposa y de su relación cuando esta se acaba. Hemingway acepta culpas y se siente satisfecho y enternecido porque Hailey se casó con alguien que en sus propias palabras “siempre fue y será mejor que yo”

Las descripciones que hace de las calles parisinas en otoño y el crujido de las hojas de los árboles al pasar después de haber llovido son sublimes. Los bares humeantes, los restaurantes donde entrar a calentarse y tomar ‘el buen vino de Cahors’ que servían en medias jarras o jarras enteras, las reuniones con sus amigos, Pascin, Scott Fitzgerald, Dunc, Chaplin. Todos artistas, o queriendo ser artistas, todos buscando el reconocimiento, el éxito. Todos buscando sobrevivir.

Su oficina, un cuarto pequeño ubicado a lo alto de un edificio donde se veían los tejados de las otras casas del barrio por la ventana. Allí  pasaba todo el día escribiendo, pensando, hasta que esa idea tomara forma. No pasaba todos los días, pero cuando pasaba al final del día se sentía satisfecho y podía salir caminando por los jardines de Luxemburgo rumbo a su casa. En esos días no se daba el lujo de salir a comer -de hecho pocas veces lo hacia por falta de dinero- pero también para no entretenerse. En sus días de escritura comía mandarinas y castañas.

La introducción a la vida de Scott Fitzgerald, alguien que terminó siendo importante, pero que en ese momento tampoco sabía de su talento. Ambos van dando tumbos por ese mundo literario tan esquivo. Hemingway no lo admiraba, al contrario, su personalidad fuerte e invasiva lo abrumaban, describía lo difícil que era estar a su lado, los ataques espontáneos de ira que sentía y la relación de éste con el alcohol. Le tenía lástima por la relación que éste llevaba con su esposa, a quien amaba, pero quien terminó en el manicomio y comentaba también que sus textos les faltaba fuerza. Sin embargo, cuando Fitzgerald le mostro su obra ‘El Great Gatsby’, sabía que con esta triunfaría y se lo dijo.

Y así Hemingway conoció gente que le disgustó, y otros que le gustaron pero se fueron perdiendo en el camino, y otros a quien amó. Todos los personajes están desarrollados hasta el máximo de su capacidad. Hermosamente descritos, como sus emociones, buenas y malas. Al final, todos fueron desapareciendo, bajo riñas y desacuerdos, infidelidades, locuras propias y ajenas, alcoholismo y drogadicción. Los recuerdos también se fueron desdibujando, tal vez para el, pues sus huellas se quedaron en las memorias de París.

Libro 100% recomendado, sobre todo para aquellos que aman escribir, y todavía creen que nunca lo lograrán.

Luz

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