El Té Inglés

Mis Historias

‘Las bolsitas de té no son para los que verdaderamente toman un buen té’. —Son las ramitas olorosas y frescas lo que le da el sabor gustoso, ‘al estilo inglés’. —Me decía—. ‘Una vez que las hojas estén aseguradas en el pocillo, agrega el agua hirviendo. ¡Mucho cuidado! El agua no debe sobrepasar unos milímetros más de la mitad de la tasa. Esperar a que el líquido se impregne de un color oscuro y de un suave aroma a hierbas. A continuación, debes poner la cantidad exacta de leche, ni más, ni menos.  Servir inmediatamente y llevar corriendo a donde yo esté’.

Así era ella. Cuando llegaba a la oficina el susodicho té debía estar en su buen punto de ebullición y todas las revistas de moda que publicaba la compañía en su lugar. Su computador debía estar encendido, sus emails revisados y catalogados en orden de importancia para responder. Al entrar por la puerta sentía su mirada recorriendo mi silueta de cabo a rabo. Un ‘outfit’ inigualable me daba lugar a una felicitación, y un ‘outfit’ sin sabor me daba solo el derecho a una mirada rancia. Al sentarse en su mesa de juntas extendía su mano. Su agenda ya lista debía caer en su palma con la suavidad de quien pone a un bebé. Era una mañana más en mi capítulo personal de ‘El Diablo se viste de Prada’.

Los rayos de sol habían iluminado mi porvenir en ese país. Después de haber llegado con una visa de estudiante, había conseguido que algunos bufets de abogados me llamaran interesados, solo para colgar rápidamente cuando les contaba de mi status migratorio.  En cambio a ella no le importó. Ya había trabajado antes allí, haciendo algunas horas de reemplazo, y a mi jefe le había encantado mi trabajo. Cuando su asistente de toda la vida se fue a buscar otros mares, me llamó. Yo quería ensayar también mis cualidades de relacionista pública, para someter así a práctica la maestría de la que me había acabado de graduar. El mismo día que me contrataron me había enterado de que estaba embarazada. Cuando llamé a mi familia a contarles las buenas nuevas del bebé y del nuevo trabajo como Oficial de Comunicaciones para una importante corporación que publicaba revistas de moda, gritaron todos por el teléfono su orgullo y felicidad.

—Es que los niños vienen con el pan debajo del brazo, mija— Habló  mi tía, dando voces por el teléfono.

Me encantaba el trabajo por emocionante y colorido. Eso sí, con un contenido más administrativo que intelectual, mi única molestia, pero al menos me había hecho con la responsabilidad de crear el Newsletter mensual de la compañía, así como establecer las buenas relaciones con los clientes, periodistas, editores de revistas y con los empleados. Mi escritorio estaba bien posicionado afuera de las oficinas del Gerente General, la Directora de Comunicaciones, mi jefe directa, y el Director Financiero. A mi lado izquierdo se sentaba la asistente del Director General, Johanna, la mujer más dulce que he conocido jamás.

Unos días después de haber comenzado me asignaron un segundo jefe. Un chico cool que había llegado de Europa hacía unos meses. Corrían rumores, de que aquel chico tenía un expediente en recursos humanos más grande que una montaña de basura,  con quejas de ex empleados que lo acusaban de maltratador y grosero. Se me pasó por la cabeza que podría manejarlo.  Cara a cara él siempre fue cordial conmigo. Pero mis dos jefes, a su vez buenos amigos, y una vez reunidos, empezaron a criticarme a puerta cerrada. No había necesidad, la ventana era tan grande y sus miradas tan inquisitivas, que lograban desnudarme hasta ver radiográficamente mis intestinos retorciéndose de angustia. Me llamaban luego de abrir la puerta para que les llevara el té. —Estaba contestando muy rápido el teléfono. —Decían—. No, en realidad muy despacio y las llamadas se iban a la contestadora. El almuerzo que les había comprado ese día tenía mucha grasa. Ellos debían cuidarse. Si no era capaz yo de manejar un almuerzo, ¿Cómo entonces podría manejar las comunicaciones de una empresa? Mis artículos son buenos, pero esta o aquella editora no se lleva bien con la otra y no le gusta que hables bien de ella. Retíralo, invéntate otra cosa.

Mis tareas de comunicaciones fueron disminuyendo y aumentando las tareas de asistente personal. Mi barriga crecía. Salía entonces en tacones, corriendo, a buscar un almuerzo delicioso, y no a precios excesivos, con la advertencia de que lo necesitaba en diez minutos. Un día me desperté sudando a mares, creyendo que entre las mil tareas del día, había olvidado decirle a su maquilladora que llegara a su casa a las siete en punto de la mañana. Muchas veces el Gerente General la buscaba de urgencia, y ella mientras tanto desde el salón de belleza me advertía que mis mentiras debían ser creíbles. ‘Lo siento señor, ella no se encuentra’, ‘se siente mal y tuvo que acudir al médico de emergencia’, ‘no, no puede contestar’, ‘se encuentra en una reunión importante y apagó su teléfono pero en una hora lo llamará’. Debía además lidiar con los egos animosos de otros directivos que querían reunirse con ella, sabiendo que yo tenía a acceso a su agenda electrónica. Venían a mi escritorio: ‘Debes cancelar esta cita y poner otra fecha’, ‘no puedo a esta hora, ni a esta, ni a esta’. ‘No me gusta comer esto’, ‘Y no te olvides del té’ Si a uno solo de las docenas que acudirían al encuentro no le gustaba el restaurante, todo debía ser hecho desde el principio. Empecé a ahogarme entre tanta malcriadez.

‘Tu te las arreglas’ me dijo un día de mayo, cuando fui a contarle de las quejas del departamento de finanzas de que su tarjeta estaba siendo utilizada para mandados personales. O cuando quiso irse de vacaciones a un hotel cinco estrellas en otro país y no había cupo. Tenía yo que explicarles a aquellos asiáticos ocupados con cosas importantes el por qué era ella una VIP más importante que cualquier otro. Una vez me envió un

Power Point para editar. Era una clase de una hora para estudiantes de comunicaciones de una importante universidad. Abrí el Power Point emocionada de aprender como era que ella había llegado tan lejos en una larga carrera de 25 años, pero aquella exposición no tenía una sola letra, solamente autorretratos. ¡Lo único que quería era que le endulzara aquellas imágenes confirmando que salía perfecta!

Llegaba yo a la casa hecha un manojo de nervios. Los ánimos por el piso, la confianza en mi misma la traía como un trapo, agarrada de una punta y arrastrada por el suelo, porque por mucho que trataba no podía levantarla. Me seguía gustando la empresa, los empleados me querían, veían y oían lo que pasaba pero me decían en vivo y en directo que no hiciera nada, que ellos tampoco podrían apoyarme, más que darme solo su apoyo moral, pues sus trabajos dependían de ella. Y no debía olvidar que el mío también, con el agravante de que nadie me contrataría estando embarazada.

Un día de nubes grises Johanna voló a Europa a visitar a su madre anciana y me dejó encargada de sus tareas. Al enterarse mi jefe, toco a la puerta del Gerente General para decirle delante de mí que yo no era de confianza, y que ella misma llamaría alguien más para que le ayudara. El Gerente General con su aire tranquilo le dijo que no había problema, que se quedaría conmigo. Pero la carga de trabajo aumentó con tres jefes, sus egos y sus tés. Y entre tanta actividad un recado se me quedó enredado un día en nebulosa. Y el mundo se cayó. Me llamó a su oficina. No quería estar brava conmigo todos los días, —balbuceó—. Pero es que ya no podía evitarlo. Una editora se había quejado de que yo no había contestado el teléfono. A alguien en un almuerzo lo sentaron al lado de su rival, y de todos los eventos semanales, con cientos de personas que yo organizaba, se había perdido un micrófono que parecía muy caro. —¿Y ahora quién lo va a pagar?— ‘Las cosas deben estar hechas incluso antes de que yo las piense’, corrigió cuando intenté defender el hecho de que no podía yo cargar con la responsabilidad de todas las actividades de aquella empresa.

Me levanté de aquella silla como movida por un resorte. —¡Me voy!— Le dije sin pensarlo. —¡Me voy ya! —¡Que irresponsabilidad sin límites!— Me dijo ella impulsivamente. Yo la miré con una sonrisa recuperada. Había recordado mi poder. Ella lo vio. Me dijo que la esperara un momento. Debía hablar con alguien en Recursos Humanos, pues yo estaba embarazada. Mi sonrisa se engrandecía con cada palabra. Subió corriendo, esta vez sin citas, sin que yo la llevara de la mano, sin tanta formalidad decadente a la que estaba acostumbrada. Volvió con un arreglo de chichiguas. Y yo me reí. Me reí fuerte y con sentido. Agarré mi abrigo y mi cartera, que colgaban de la silla como dos pájaros muertos. Le di un beso y un abrazo a mis amigos, y salí derecho por la puerta. Al abrirse de par en par sentí un aire cálido de bienvenida. Estaba de vuelta a la vida misma. Di un paso más, cerré los ojos y respiré profundo. Arranqué a caminar. Nunca más volví a mirar atrás.

Luz

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