Los Problemas de la Guerra

Política y Feminismo

Foto tomada de dreamstime.com

Es un argumento de varios académicos el decir a los demás que si no saben de algo es mejor no hablar. No estoy de acuerdo. En casos donde se violan los derechos humanos lo importante no es el conocimiento de la historia del conflicto, ni siquiera de la política, si no la empatía frente a las víctimas. Esto lo digo ahora porque yo misma pertenecía a aquel mundo del análisis político, de donde salen muchas conversaciones y argumentos, pero pocas soluciones, al estar enfocados únicamente a un pequeño grupo de intelectuales y no en el público en general, que es el que al final promueve los cambios.

Básicamente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos ha sido el eje de la política internacional. Otros países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, en grupo e individualmente, han intentando hacerle contrapeso, la Unión Europea, muy tímidamente, también. Pero desde que George Bush padre y sus sucesores se fueron a la conquista de Oriente Medio (algo que ya se hacía diplomáticamente), nadie ha podido detenerlos. Este eje estadounidense siempre se ha movido en el centro de aquella política mundial, pero en los últimos años, debido a extremismos y desavenencias internas, aquel eje se ha ido desviando y nadie sabe para donde va.  

La guerra en Afganistán estaba reportando ya muchas muertes y gastos del lado americano. Trump y Biden no fueron los primeros en acariciar la idea de salir de allí, Obama había tenido también acercamientos con la OTAN para que tomara el control de Afganistán. La OTAN, a pesar de que tenía efectivos de varias nacionalidades desplegados en Afganistán, se negó a tomar el control total de las operaciones y verse como responsables de aquella guerra sin sentido. Trump fue el primero en hacer pública su intención, pues nunca le importaron ni las consecuencias de una salida no escalonada, ni la opinión de la Comunidad Internacional.

Y así y todo no fue él, si no Joe Biden, el que cometió semejante irresponsabilidad. Biden, el progresista, el defensor de los derechos humanos, de la diversidad, de las mujeres, de los inmigrantes. Sus excusas parecen flacas, hechas todas con rapidez y de forma reactiva frente al desmoronamiento inmediato de aquel país al que dejó a la deriva. 1) La invasión de Afganistán se hizo con el propósito de evitar un nuevo ataque terrorista en suelo estadounidense, 2) Los estadounidenses no deberían pelear una guerra que los mismos afganos no están dispuestos a pelear, 3) El objetivo nunca fue la reconstrucción de Afganistán.

Aquellas excusas son tan débiles como un papel transparente que ha caído al agua. En primer lugar, aquella salida intempestiva no dejó estructura alguna que vaya a evitar la preparación  y ejecución de ataques terroristas, no solo en Estados Unidos, si no alrededor del mundo. Además, Afganistán posee recursos naturales invaluables, sin contar la producción de amapola que antes estaba controlada por los señores de la guerra, y que ahora controlarán los talibanes, lo que permitirá un financiamiento sin contratiempos de aquel grupo terrorista. Las noticias en los límites del país tampoco son muy esperanzadoras, con avistamientos ya de militares rusos, y la expectativa de que China ejerza también influencia sobre aquel resquebrajado país.

La autonomía de los afganos a nadie nunca le ha importado. Argumenta Biden que los estadounidenses no deberían pelear una guerra que nadie en Afganistán desea pelear. ¿Y es qué acaso alguien les preguntó a los afganos si querían que Rusia, o Estados Unidos, invadiera su país? ¿Alguien les ha preguntado nunca como quieren ser gobernados? ¿O por quién? Es cierto que se hizo una inversión importante de recursos en preparar a los militares y fortalecer al gobierno afgano para tomar las riendas del mando, pero esta inversión no fue lo suficientemente fuerte o prolongada para que fuera efectiva, pues la mayoría del dinero y recursos humanos se invirtieron en la guerra y en atrapar a Osama Bin Laden. Ahora los afganos son de nuevo prisioneros de unos asesinos que quieren imponerles la ley de la Sharia. Adiós a todos los avances en pro de la libertad y la autonomía de las mujeres y las niñas. Adiós a la libertad de todos los habitantes de aquel país, de nuevo convertido en el mismísimo infierno. No creo yo que los Afganos no hubieran querido luchar en aquella guerra. Creo que de antemano sabían que la iban a perder. Desde el principio no quedó una cabeza visible, ni en el gobierno ni el mando militar, que pudiera motivar a la defensa, o al menos a espantar de algún modo la avanzada de los talibanes.  Esto conlleva al insulto de la tercera excusa de Biden, el que no fueron allí a reconstruir un país. Cualquier asesor en derecho internacional, o incluso en relaciones públicas hubiera podido explicarle antes de aquella nefasta declaración, que el objetivo de aquellas guerras, si es que los hay, es el de la reconstrucción. La creación de nuevas estructuras de gobierno, infraestructura, hospitales, establecimientos educativos, es lo que va a ayudar a dejar un país fuerte y libre de abusos de grupos terroristas. No es, ni ha sido nunca, el entrar a matar a un país y dejarlo en ruinas lo que va a evitar que se propague la violencia.

Todo esto viniendo de Joe Biden es un golpe en la cabeza a las ilusiones del mundo de restablecer la paz mundial. Yo misma compartí la felicidad que se suponía el haber derrotado a Donald Trump con un discurso inclusivo, de apoyo a los movimientos de lucha racial, de género, feministas, que se levantaban como olas gigantes por todo el territorio en respuesta a los cometarios atroces y divisivos del entonces presidente Trump. Al ganar, Biden escogió a Kamala Harris como vicepresidente (quien no ha mostrado si no preocuparse de su propia carrera política), y a varios adjuntos, mujeres y hombres de comunidades afroamericanas y LGBTI que le ayudarían con políticas más inclusivas y humanas. Sin embargo, y tal vez debido a los hilos internos del poder en Washington, Biden ha dado ya dos trastadas en su política internacional. La primera fue la visita de Kamala Harris a Guatemala, en la que advirtió amenazante a los inmigrantes y refugiados de no acercarse a Estados Unidos, pues no los dejarían entrar. La segunda es ésta, el desparpajo, el reguero de gente muerta en vida que dejó en Afganistán sin ninguna esperanza de futuro.

El daño ya está hecho. Cuando Biden habla solo se refiere a los “americanos”, como si ser estadounidense fuera la única manera de tener algún valor humano y merecer respeto. Los afganos intentan huir desesperados, haciéndose matar, golpear, encarcelar por buscar una huida a otro país que les permita abandonar la pesadilla que de nuevo están viviendo, las mujeres y niñas quemando sus diplomas al saber que pagaran caro la osadía de estudiar, mientras el resto de nosotros miramos desesperanzados y de manos atadas como Biden se llena la boca con sus excusas en su palacio presidencial.

Luz

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