Biografía al Estilo Luz

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Si hay algo que encuentro difícil es describirse a uno mismo, pero intentaré hacerlo lo mejor que pueda y para eso lo mejor es hacerlo de afuera hacia adentro. Creo que físicamente soy una mujer promedio. 1.67 de estatura, pelo y ojos color cafés. Debo decir que tengo una característica que podría considerarse especial, y es que siempre fui flaca (antes de haber parido tres hijos, claro). Esto no siempre fue bueno. Mi contextura delgada como una flecha no marcaba mucho la tendencia en los 80s en Colombia, donde nací, ni tampoco su patrón de belleza, pues allí gustan las mujeres con todo de buen tamaño y muy bien puesto en su sitio, acompañado de una cintura de avispa. Debo decir que el asunto no me fue indiferente, pues pesando menos de 40 kilos no faltaban los comentarios -desde preguntar si tenía alguna enfermedad psicosomática a afirmar que era igual a varios larguiruchos dibujos animados de moda en esa época-, así que durante los primeros 18 años de mi vida me dediqué en cuerpo y alma a buscar la forma de engordar.

Las dietas impuestas – Seis comidas principales al día en lugar de tres, incremento de azúcar, frutas dulces y bebidas bien lactosas que hicieran aumentar mis carnes, yogurt con cereal de miel y comida bien condimentada con salsas, una buena sobremesa y postre- no cambiarían en nada mi físico, pero me darían ese gran valor tan esquivo de la auto aceptación y ese instinto de mejor-búscatela-en-otra-parte que tanto me ha servido para cambiar de país, lugar de trabajo y varias veces de profesión a lo largo de todos estos años.

Pero si en algo fui afortunada fue en el repartimiento de padres que me tocaron. Ambos abogados de profesión, me inculcaron el amor por los derechos humanos. Mi padre además era un padre feminista que creía firmemente en nuestras capacidades de triunfo sin depender de nadie más que de nosotras y así nos educó. Él era una joya única en medio de ese mundo patriarcal. Ambos también lectores incansables, me inculcaron el amor por la lectura. En mis libros favoritos conocí lugares increíbles y culturas diferentes a la mía, lo cual llamaba extremadamente mi atención. Llegaban especialmente a mi corazón aquellos libros que narraban la injusticia. Matrimonios forzados en lugares tan lejanos como Yemen, la ablación en Somalia y matanzas étnicas en África se apoderaron de mi mente y guiaron mi futuro hasta el día de hoy. Dejé la literatura de lado, sí solo para entretenerme en mis tiempos muertos. Debía convertirme en súper chica para salvar al mundo de todos los seres despreciables que causaban daño a los demás.

Como alguien me dijo un día, lo de los viajes se me da. Después de estudiar Derecho me especialicé en relaciones internacionales en España, volví a mi país a estudiar Análisis Político y me fui a Australia a estudiar Relaciones Públicas. Al lado de esas tres maestrías hice cursos y más cursos. Si hubiera podido no hubiera estudiado tanto, pero los migrantes colombianos no tenemos tantas opciones para migrar a otros países como un ciudadano europeo, por ejemplo. Si no tenía un trabajo en un país extranjero que me permitiera quedarme debía estudiar, y eso fue lo que hice. Y al empezar a trabajar conocí el drama de los refugiados. En Colombia y Australia, trabajando por ellos, permanecí muchos años.

También vinieron los hijos.  Y con esa felicidad llego también el replantearse los propósitos en la vida. Partimos de Australia y vinimos a Francia a buscar una nueva aventura. Llegamos a un pequeño pueblo y allí, de nuevo, me perdí. Una vez más estaba en tierra ajena encontrándome a mi misma. Y buscándome llegó el Coronavirus y el confinamiento, y al llegar lo primero que pensé es que las cosas siempre podían estar peor, pero al pasar de los días la soledad ayudó a que mis recuerdos empezaron a retraerse hasta lo más hondo de mi conciencia y lo entendí. Tenía una gran oportunidad en mis manos. Podría leer infinitos libros, y lo más importante, podría escribir. Había encontrado un gran motivo para seguir adelante, pero sobre todo para adentrarme en el silencio que se me ofrecía. Y tomé la oportunidad, ahora sí, con felicidad -incluso sacrificando las pocas horas que tenía de descanso-, escogí las horas nocturnas de escribir y las horas interminables de lectura, que en mi caso empiezan a las 10 de la noche, después de un día de juegos, actividades y apapaches con mis tres hijos.

Y he aquí la razón de este blog. Es la manifestación. De mis ideas, mis expectativas, mis sueños cumplidos y por cumplir. Es la alabanza a los talentos ajenos, y si cabe, a los míos propios. Este blog es el resultado de una promesa, la promesa de seguir escribiendo, de seguir expresando lo que pienso y siento. La promesa de encontrar una voz. La promesa de no dejar nunca esa voz una vez la haya encontrado.

Luz

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